de TANATOGRAFÍA (2002)




       AGUA








Calor, moscas, polvo, hedor a fritanga y a aguas fecales. Bajo el sol abrasador del mediodía, una multitud sucia y harapienta pulula desorientada por las callejuelas de la ciudad. Pero qué es lo que va buscando. Se la ve medrosa, descompuesta, con la mirada perdida, va aterrada por la sequía, por la enfermedad, por la penuria de hogaño, por las miserias arrastradas de siglos atrás, desde siempre.
La última noticia ha corrido por la ciudad como un reguero de pólvora. La última, la más terrible, mas no por ello menos esperada. Los sombríos sacerdotes del Templo fatalmente han acertado con su negro oráculo. La ominosa profecía se ha cumplido: el gran río que abastece a la ciudad también ha caído enfermo. Sus turbias aguas pardas, ni aun hervidas, son ya de fiar. No queda, pues, esperanza alguna de salvación.
La chiquillería, sin embargo, como es propio de ella, se muestra ajena a todo. Su prodigiosa vitalidad se resiste a dejarse mermar por las calamidades.
Un grupo de arrapiezos acaba de hallar motivo de jolgorio junto a la fuente seca del mercadillo y, por entre la gente, se ha puesto a perseguir alegremente a un viejo pordiosero que arrastra su cojera a duras penas por el polvo. Lleva una pierna vendada hasta la rodilla, y por detrás le cuelgan mugrientas hilachas de algodón.
Los chicos no dejan de acosarlo, mofándose e insultándolo, suscitando ocasionales reconvenciones entre los vecinos y comerciantes. Mientras tanto, el viejo, mudo como una piedra, sin que la más mínima queja remueva las profundas arrugas de sus labios, procura espantarlos soltando blandos manotazos al aire.
En su trastabillante huida se ha internado por un callejón de altos muros de adobe, estrecho y desierto, que más bien parece un oscuro pasadizo. Los muchachos más osados le siguen en pos, pisándole los restos de la venda desprendida hasta hacerle dar un traspié y caer.
El mendigo, resignado, se yergue otra vez con gran trabajo, y sigue adelante medio arrastrándose. Da vuelta a una esquina, continúa derecho, da vuelta a otra, y se interna por un nuevo callejón en curva, aún más estrecho y tenebroso. Aquí la sombra se adensa tanto que incluso refresca.
Los chicos siguen pisándole los talones, y él, agobiado, probablemente en el límite de la paciencia, se detiene por último en mitad del callejón a encarar a sus torturadores. Al volverse, sin embargo, no hay en su rostro vestigio alguno de indignación o de furia. Al contrario, sus pedregosos rasgos lo que reflejan es un miedo profundo. “¡No me robéis! ¡No, no me robéis, por Dios!”, suplica lastimero, apoyando la espalda en el muro. Sus ojos se han llenado de lágrimas. “Tomad, tomad y, por el amor de Dios, marchaos en paz.”
Al decir esto, arroja unas piezas de cobre al suelo. Sus perseguidores se abalanzan por ellas, momento que él aprovecha para volverse a mirar nervioso a un lado y otro del callejón. Acto seguido, se deja caer de rodillas y, haciendo a un lado el trapajo que hace de cortina, se cuela como un gato por un pequeño hueco semicircular que se abre al pie del muro.
Los tres chicos famélicos que se han aventurado hasta aquí se miran entre sí con gesto interrogante. ¿Eh? Los ojos les brillan de fascinación al contemplar entre sus dedos las monedas que han recogido del polvo. Entonces, uno de ellos apunta en voz baja una sugestiva idea, y ahora los ojos les llamean de codicia.
No dudan un instante sobre lo que conviene hacer a continuación, y uno tras otro se deslizan tras el viejo.
Éste les aguarda en el interior de una lóbrega covacha de barro, de techo bajo, al parecer sin ventanas y apenas provista de mobiliario. Súbitamente transfigurado, con ágil y por tanto aterrador movimiento, les corta la retirada, interponiéndose entre ellos y esa única salida visible. Luego se sienta tranquilamente en el fresco suelo de tierra, frente a los tres, que se apretujan entre sí, llenos de temor.
El filo curvo de una pequeña daga reluce de pronto en la penumbra. Los ojillos del viejo no brillan menos cuando les lanza la más perversa de las sonrisas y, con ayuda de la daga, procede a arrancarse presuroso las sucias tiras del vendaje que le envuelve la pierna.
El olor nauseabundo que se desprende satura en pocos segundos el estrecho habitáculo. Los chiquillos gimen de asco y aturdimiento.
“¡Vamos, perros!”, gruñe el viejo entre dientes. “¡Sin perder un segundo! ¡Hay que lavar estas llagas!”



© J. L. Fernández Arellano, 92.849/28/04/00

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