de DIEZ CUENTOS (1994)





RAMAL SECUNDARIO







Inesperadamente, el metro aminora la marcha entre dos estaciones, aunque sin llegar a detenerse por completo.
         Es la señal.
       Con súbito agobio, el hombrecillo de la carpeta azul –quien, aun sabiendo que de poco habrá de servirle, se ha pegado a un rincón en el extremo posterior del vagón– se echa mano al bolsillo superior de la americana, donde suele llevar las gafas ahumadas. Pero pone gesto de contrariedad. Se desabotona del todo el abrigo y la mano repta nerviosa a los de abajo, el izquierdo, el derecho. Por fin aprieta el puño y se golpea con disimulo en la cadera: las puñeteras gafas se han quedado en la oficina.
         Por encima del traqueteo, que sigue en descenso, le llega el perverso pitidito de advertencia. No dura más de cinco segundos. Es como si les diese apuro prolongarlo por más tiempo, o como si el operario encargado de presionar el condenado botón no se encontrase muy contento con su trabajo y le importarse un comino que muchos de los viajeros, unos enfrascados en sus solitarias meditaciones y otros conversando trivialmente entre sí, ni se hayan enterado del aviso y vayan a llevarse la desagradable sorpresita de siempre.
         Siempre lo mismo, y sin embargo no acaban de acostumbrarse. Ni que fuesen… Pero no, qué leches. Los viajeros se hacen los suecos adrede, pues claro que sí. Y eso es bueno, es inmejorable que la gente no acabe nunca de dejarse agobiar por determinadas cosas. Porque no quieren. Sencillamente no les da la gana de agobiarse, y hacen pero que muy bien.
         Los fluorescentes crepitan y se apagan durante unos momentos. El tren, con gran suavidad, casi con tacto, se frena otro poco. Entonces suena el clic, y ya está. Las cuatro o cinco hileras de focos esterilizantes embutidos en el techo comienzan a vomitar sus odiosas radiaciones.
         ¡Estupendo! ¡Maravilloso! ¡No han podido inventarse nada mejor!
         Al hombre de la carpeta azul no le gusta ni un pelo la pinta que adquieren las cabezas y caras apelotonadas que, con la lentitud de la marcha, han dejado de bambolearse y ahora permanecen rígidas e inexpresivas ante sus narices.
         Pero cómo iba a gustarle semejante espectáculo. Esa luz es verdaderamente demoníaca. Ni en sus peores pesadillas recuerda haber visto nada igual. Qué invento infernal puede ser éste. La luz parece fría y tibia a la vez; es de un tono blanco cremoso, que se resuelve en gris violáceo, o algo así, pero de manera muy nítida, al tocar el rostro, el cuello, las manos de los viajeros. Y, si uno se fija bien, su efecto no se detiene en la superficie, no. Da la impresión de corroer la piel, de que su maligno poder va penetrando en la carne profundamente, desnudándola de sombras y brillos ocasionales, casi de gestos. Sí, de tejidos incluso: un adentrarse más y más, suavizando los contornos, los rasgos, las prominencias, lamiendo hasta el hueso… ¡Uf!
         ¡No hay derecho! ¡Mira cómo de los lastimosos espectros resultantes no hablan nunca los periódicos! Algunos (le da dentera observarlos), los menos avezados, se repliegan sobre sí mismos, aprietan los párpados, humillan la cabeza. Otros, como suele hacer él mismo, se guarecen tras todo tipo de lentes con filtro, bajo bufandas, gorras, sombreros. Y los más valerosos se encogen de hombros, se cruzan de brazos y comentan lo que sea con el vecino, a ver, qué se le va a hacer.
         Pero al hablar y hablar estos últimos, por entre sus labios lívidos que figuran una rara tensión, y sus dientes entrevistos, sin brillo, como de plomo, la cavidad de la boca se les destaca inconcebiblemente. Se les ve más que oscura, más que negra, como una pelotita de carbón puro que quisiesen escupir.
         Aunque esto no es lo peor. Lo peor son los ojos, con esa parpadeante mirada opaca, cruda, seca, que recuerda a la de los peces muertos, o a la de ciegos, por lo chocante y vacía.
       ¡Dios mío, qué espectáculo!
        ¿Y aquella mujer alta, tocada de un pañuelo blanco, que destacaba por encima de los demás? Quizá un acceso de interés morboso por comprobar en qué ha podido quedar su rubio atractivo, le incita a buscarla con la vista de nuevo, desde su rincón.
         Sigue en el mismo lugar, erguida y digna como una estatua, en el espacio abarrotado entre las dos portezuelas traseras. Al tuntún, también ella parece haber reparado en su persona. ¿Pensarán ambos lo mismo, que esos ojos inverosímiles no es posible que oculten pensamientos normales?
         Pese a esforzarse, no se muestra capaz de sostener la mirada de la mujer y, ya satisfecha su peligrosa curiosidad, suelta una risita entre nerviosa y asqueada, para terminar haciendo lo que la mayoría de los presentes, cerrar y bajar los ojos, como avergonzado.
         De refilón, en el último instante, ha creído advertir, con sorpresa, que la mujer le sacaba con gesto vulgar la lengua; y qué lengua, por el amor de Dios. A la inmunda luz de los focos, semejaba la cabeza de un enorme gusano grisáceo.
         Por fin se escucha en lo alto el sonoro clic que anuncia la conclusión del proceso, y sobreviene un murmullo general de alivio. Todo ha vuelto a la normalidad. Con la luz habitual, regresan la vida y el sosiego a los rostros de los viajeros. Gracias al cielo, las sesiones nunca duran más de cinco o seis minutos.
         El tren pesadamente se pone en marcha de nuevo, y la mujer del pañuelo se gira, abriéndose paso con dificultad hacia la portezuela de la izquierda. Seguro que tiene previsto apearse en la próxima estación. Pero al moverse entre la gente, el pañuelo blanco se le engancha en algún sitio, se desprende, cae a un lado, dejando al descubierto una calva bastante considerable. En realidad le abarca toda la nuca, desde la coronilla hasta el cogote. Aquí y allí le cuelgan algunos mechones pálidos, sucios, apelmazados… Es mejor no mirar. Pero ella ya se ha percatado, y vuelve a cubrirse con precipitación.
         Por televisión no se cansan de explicar que ese tipo de cosas nada tiene que ver con la verdadera epidemia (la cual, por otro lado, aseguran, tampoco debe ser considerada exactamente como una epidemia). No obstante, el hombre de la carpeta conoce ciertos síntomas. Vaya si los conoce. Recuerda a la perfección la terrible y escandalosa agonía sufrida hace unos meses por su compañero de mesa en la oficina, su viejo amigo –la rectitud en persona, como siempre lo llamaban todos–, y no se deja engañar. Esa mujer, que en algún momento hubiese podido rozarle la cara con la mano, se la mire a la luz que se la mire, lleva impresos en toda su persona los signos inequívocos de la locura y de la muerte.
         Mas he aquí que el metro no acaba de cobrar velocidad. Todo lo contrario. Sin duda vuelve a reducir la marcha. Y, de improviso, se produce un movimiento de alarma entre los viajeros. Algo debe de estar sucediendo al fondo, en la parte delantera del vagón, porque han saltado algunas exclamaciones de disgusto y se adivinan tímidos forcejeos. Y ahora, por si fuera poco, les taladra los oídos el penetrante silbido de los frenos. Alguien ha de haber accionado la palanca de emergencia.
         El tren da un tumbo, da otro tumbo y se detiene por fin en mitad del tenebroso túnel. La luz entonces tiembla, fluctúa y decae hasta apagarse. Es sustituida por los focos esterilizantes, que de nuevo brillan a plena potencia.
         La cosa pasa ya de castaño oscuro. El hombre de la carpeta da una patada al suelo, suelta un gruñido, se pone de puntillas, abarcando las distintas reacciones de la gente con la mirada. Recibe un codazo en las costillas y maldice por lo bajo. Los sólidos espectros que gravitan a su alrededor (dos señoras mayores, un chico con auriculares, una pareja de jóvenes que se abrazan preocupados…) empiezan a revolverse, a atosigarlo, a hacer preguntas estúpidas que nadie sabe responder, a protestar en voz alta. Qué sucede. Qué demonios está pasando.
         Nuevas exclamaciones y confusión. Hacia la parte central del vagón, la masa fantasmal de viajeros se ha agrupado, y luego, de común acuerdo, se aparta para dejar paso a alguien, un barbudo de edad indefinida, grueso, con abrigo largo, que lleva en la mano… ¡Se ha vuelto loco, empuña un arma corta, amenaza con ella a las personas que lo rodean!… 
        Pero no, qué va, su actitud no es agresiva. Lo que está es intentando hacerse comprender. Les grita algo que apenas se escucha entre el barullo.
       «¡Nos han encerrado!», parece que dice enfurecido, haciendo ademanes con esa cosa.
         Se hace un silencio momentáneo. La gente retrocede a su alrededor un poco más.
      «¿Es que no se dan cuenta?», vocea. «¡Estamos metidos en una trampa!»
         Pero ahora se detiene, poniéndose a manipular nerviosamente el objeto, hasta que éste, de pronto, empieza a emitir un destello blanquecino. Y el barbudo, haciendo caso omiso del revuelo que ha organizado, se abalanza hacia el panel lateral del vagón.
         El hombre de la carpeta no da crédito a sus sentidos. Se adelanta un poco, estira el cuello para ver mejor. El tipo sin duda no está en sus cabales. El arma no es más que una especie de… soplete, ¡y con su ayuda está intentando cortar la chapa! Pero en un instante otros cuerpos se interponen y pierde de vista la escena, pensando con desaliento: otro pobre desquiciado.
         Pero así acabarán todos si esto no se soluciona enseguida, porque el tiempo va transcurriendo y el tren continúa parado. No se mueve ni en un sentido ni en otro. Los altavoces, sin embargo, permanecen mudos. La puñetera Compañía debe opinar que la situación no merece todavía una explicación de su parte.
         Pero lo desconcertante pasa a resultar inconcebible.
         Rápidamente se extiende el rumor de que el vagón, que era el de cola, hace rato que se desprendió del resto del convoy, yendo a parar a una especie de ramal secundario. La quietud y la oscuridad exteriores son, en efecto, absolutas. Los viajeros platican unos con otros llenos de un hondo estupor, que la acción distorsionante de los focos no hace sino aumentar. Algo semejante a un barniz mate comienza a bañar sus rostros transfigurados: es el sudor.
         El hombre de la carpeta se pregunta qué habrá sido del tipo del soplete. Decide ir a comprobarlo por sí mismo, aproximándose, de paso, a la relativa seguridad de la portezuela trasera. Pero hay demasiada gente; le dan manotazos y le increpan por empujar. Maldita sea, por ser pequeño lo tienen totalmente acoquinado.
         Se siente humillado, a cada instante más irritado y confuso. El pecho le duele de impotencia, de perplejidad, de estúpida congoja. Por fin, la indignación restalla dentro de él, rompiendo en pedazos la parálisis que quiere atenazarlo, y, como no puede avanzar, es de los primeros en dar la espalda al alboroto y emprenderla a puñetazos con el cristal de la ventanilla, mientras pide a gritos que abran, que abran de una maldita vez. Continúa, sin embargo, empeñado en no permitirse perder del todo los estribos: al aporrear sujeta a duras penas la carpeta bajo el codo.
         Muchos hombres, mujeres, y hasta niños que, así y todo, se lo están pasando en grande, lo imitan con los puños, los pies, usando lo poco que tienen a mano, bolsos, carteras, incluso zapatos, mientras el griterío va en aumento, recorriendo el espacio sofocante del vagón en histéricas oleadas.
         Dos brujillas exangües, que no levantan cuatro palmos del suelo, se desmelenan patéticamente a su lado, golpeando con sus débiles manos abiertas y lanzando chillidos incomprensibles, espeluznantes. Y él al mirarlas experimenta un odio infinito, como si fuese justo el escándalo que están armando, los alaridos, las efusiones desmedidas de seres de esa ralea, lo verdaderamente capaz de echarlo todo a perder, de despertar, de invocar el desastre definitivo; en tanto que él mismo, y algunos otros como él, dentro de lo que cabe, logran mantener la calma, que es lo único que podría evitarlo, que, de hecho, lo está evitando.
         O al menos tratando de evitar la locura, la auténtica pesadilla que acaba de iniciarse: el siniestro crujido que recorre el armazón entero del vagón y que los acalla a todos de golpe, el aterrador chirriar metálico que parece provenir del exterior, el suelo estremeciéndose como sacudido por un terremoto; la parte trasera del vagón elevándose poco a poco, pero sensiblemente, bajo sus pies, al tiempo que la delantera va descendiendo, también inequívocamente.
         El vagón entero, sí. Por más grotesca y descabellada atracción de feria que pueda parecerle, el vagón sin más se ha puesto a girar sobre sí mismo.
         Su mente no tolera que la inclinación del suelo sea ya de veinte, de treinta, de cuarenta y cinco grados. Que su propio peso acabe arrojándolo hacia delante, contra la barra providencial que flanquea la cercana portezuela; que la portezuela se mantenga obstinadamente cerrada a cal y canto. Lo que está sucediendo es del todo imposible, pero se aferra a la barra con toda su alma, para evitar así resbalar más abajo.
         Otras manos, otros cuerpos al caer intentan agarrarse con desesperación a esa misma barra, a las superiores, a los respaldos de los asientos adosados a las paredes, e incluso entre ellos mismos. Solo algunos logran evitar la caída. En su mayoría se precipitan sin remedio por la escurridiza pendiente en que ha quedado convertido el piso de caucho, hasta el fondo, la cabecera del vagón, comprimiendo y aplastando a los que van quedando debajo, el revoltijo de infelices cuyas horrendas quejas, mezcladas con el funesto estruendo como de engranajes y poleas gigantes, dan cumplida cuenta de la realidad de lo que está sucediendo, por si todavía quedaba alguna duda.
         Sin saber cómo, se ha quedado solo, encajado dolorosamente entre la barra y el sólido panel de chapa vibrante, mientras que toda la mole del vagón, que se diría a punto de despedazarse por completo, ha alcanzado una absurda posición vertical, perpendicular a las vías.
         El movimiento, sin embargo, no acaba de detenerse. Están literalmente empotrando el vagón en el suelo del túnel.
         Del todo anonadado, asiste al torpe, al escalofriante pisotear de aquellos que han tenido la suerte de terminar en lo alto del amasijo humano que inunda la mitad inferior del vagón. Luego ve con horror a través de las ventanillas el oscuro terreno que van atravesando. Un descomunal pozo cuadrado, excavado en la roca viva.
         El descenso y el ruido atronador de engranajes por último se detienen, con un fuerte golpe, al tocar fondo. Y se apagan los focos. Y el salvaje clamor de todos crece y crece hasta el paroxismo.










ALGO EN ESA CALLE






Si, parada aquí, junto a esta fachada sucia y fría, me da por ponerme a pensar, lo primero que se me ocurre es que no sé quién soy, ni cómo soy, ni por qué. Pero ¿me gustaría saberlo? Bien, a veces creo que necesito saberlo. Pero qué sé yo de necesidades ni de nada. Da igual. Nada importa. Y como nada importa, nadie es capaz de imaginarse una existencia más triste y extraña que la mía. Es como para volverse loca. Aunque supongo que ya lo estoy, o digamos que la gente opinaría que es para volverse loca, que sin duda ya lo estoy, si pudiese ponerse en mi lugar. Pero, como digo, mucho me temo que nunca nadie ha tenido ocasión de hacerlo, de ver las cosas tal y como yo las veo, por suerte para ese nadie.
Que yo sepa, sólo existiría en el mundo alguien capaz de hacerse una idea más o menos aproximada de mi situación. A esa única persona casi diría que le tengo un cierto apego, no sé. Hay algo, una inexplicable afinidad que nos une, bien es cierto que en mí los sentimientos, si es que me atrevo a otorgarles ese nombre, poseen el don, como todo lo demás, de lo indefinible, de lo vago e inconsistente, como... como las rachas de niebla y llovizna que esta madrugada han cruzado brevemente por esta misma calle.
No, no sé quién soy, o quizá no quiero saberlo, porque aquello que me aporta algún sentido, el único lazo que me ata al mundo, consiste en un afán, una tendencia fluctuante pero clara (creo que ahora lo comprendo) de afligir a esa única persona con la que me es dado comunicarme. Aunque ahora en concreto no esté en mi ánimo herirla, aunque muchas veces quizá prefiera una larga conversación, franca y reveladora, de igual a igual, con ella; una conversación, especialmente, en la que la última palabra no la tuviésemos ninguno de los dos; que el final no fuese sino una simple mirada silenciosa y profunda, llena de afecto y mutua comprensión, una hermosa despedida que sellase para siempre nuestra ¿amistad?, pero en la que quedase implícito que ya nunca volveríamos a vernos, que ésta habría sido la primera y última vez que nos mirásemos a los ojos, libres al fin felizmente uno del otro.
Pero ¿es éste en realidad mi deseo? Yo pienso más bien que sería el suyo, en el caso de que cobrase conciencia de mi existencia, claro está, pues no dudo que para mí lo más cómodo es seguir como estamos, él de un lado y yo del otro, y él sin conocerme, sin verme siquiera, sin imaginarse ni de lejos que le observo diariamente, que le reconozco al instante entre la multitud, que le acompaño incluso a lo largo de la acera, que, diríase, le hago elegir esta calle precisamente y no otra para culminar sus paseos vespertinos.
Mas, ¿tan grande es mi poder? ¿Seré capaz en verdad de orientar sus pasos en uno u otro sentido? Por supuesto, cómo no, y me invade el pánico sólo de pensar que son ilusiones mías. Me pregunto qué sería de mí si un día ya no pudiese arreglármelas para atraerlo a mis redes. ¿Qué sería de mí? Mi existencia tocaría a su fin irremisiblemente, ¿no es eso? Me disgregaría lánguidamente en la propia nada que hilan sin cesar mis pensamientos, me borraría de aquí de forma definitiva, me fundiría como… lo ha hecho la escarcha junto al bordillo esta mañana, como por efecto de la luz y no de la tibieza del sol; desaparecería sin haber logrado decir ni esta boca es mía. Pero, ¿acaso está en mi mano hacerlo, expresarme por medio de sonidos articulados, escapar por fin a la blanda tiranía de este extraño silencio, señalarme a mí misma de algún modo a él, a alguien más?
Es así como, insistiendo una y otra vez en las mismas preguntas, termino de nuevo intentando contestar a la más importante. De dónde proceden estas preguntas, cómo y cuándo he aprendido a formularlas.
Conservo en lo más hondo como reminiscencias de una existencia anterior. Estas gentes que pasan con premura por mi lado, mientras permanezco ociosa a la espera, tal vez me recuerdan actitudes y gestos míos que un día tuvieron algún significado. En sus prisas solitarias, en sus naturales ademanes y crispaciones, en sus maneras bruscas y ordinarias de parlotear entre sí, o de caminar abrazadas como esas hermosas parejas de jóvenes, me parece reconocer algo que una vez fue mío, y que seguramente odié sin saberlo, hallándose en la ignorancia y en la persistencia de ese odio quizá el motivo real por el que acabé perdiéndolo todo.
Sí. Por qué no. Haciendo un gran esfuerzo, puedo recordar (un poco con la ilusión peregrina de que sigue vigente, de que va a reproducírseme de un momento a otro) que muchas veces yo también tuve prisa en esta calle, y que nada me importaba en realidad salvo esa prisa. Un ímpetu idiota de ganar tiempo al tiempo, de acelerar para adelantarme a mí misma, de dejar atrás continuamente a aquella que era en cada instante. Y en ocasiones mis pies parecían no tocar el suelo, parecían no tocar el suelo...
Moverme deprisa y corriendo a todas partes debía antojárseme cosa esencial en la vida. Tan esencial que, si ahora pretendo hacerme una idea de los motivos concretos que me impulsaban, de mis problemas y asuntos cotidianos, del lugar de procedencia y destino de los mismos, no lo consigo. Todo, todo se me ha borrado salvo ese malestar y esa prisa, hasta el punto de que he olvidado el instante y la manera en que aquel absurdo estilo de vida cesó. El instante crucial en que me sorprendí a mí misma por vez primera varada sin pena ni gloria en esta triste acera, observando distraída y distanciadamente al gentío, preguntándome cosas que creo que nadie más que yo se pregunta, y esperando quizá que alguien alguna vez me dé la réplica adecuada, me ayude a salir de mí misma por un solo instante (la gente se expresa en términos parecidos), el tiempo suficiente para darme oportunidad de agradecérselo, ¿no es eso? Puesto que yo sola no me entiendo, y sé que no siento interés verdadero por nada ni por nadie, y algo me dice que eso no es... conveniente, no es correcto. Quisiera saber si alguna de estas personas que pasan y pasan con la mirada fija y absorta en quién sabe qué, padece un tipo de amnesia similar a la mía. Pero de qué, repito, de qué demonios habría yo de acordarme.
Ahora, de pronto, le veo torcer la esquina como un autómata. Hoy tampoco ha faltado a la cita. Debe de ser gratitud lo que siento, aunque, como digo, no se me escapa que términos tales como gratitud, interés, afecto, no me pertenecen, no me son propios. Los escucho por la calle aquí y allá, Y es el eco que en mí despiertan, unido a la expresión que se adivina en los rostros de las personas que los han pronunciado, lo que en realidad me orienta en su significación. Eso es todo. «Gratitud» va siempre asociado a la sonrisa; «interés», al gesto despreocupado o desdeñoso; «afecto», a la sonrisa igualmente. Estoy por afirmar que las palabras poseen en sí mismas un gran peso específico, dicen mucho de las personas, pese a que éstas opinen que saben fingir muy bien sus emociones.
Va aproximándose cabizbajo, con lentitud deliberada. Al principio me sitúo a una distancia prudente, de forma que, sin llegar nunca a comprenderla por entero, sólo asimile mi presencia gradualmente, sin brusquedades. Y empiezo a contactar, a susurrarle, a lanzarle indirectas mentalmente, hasta que se acerca tanto que casi podría tocarle en el hombro. Y entonces no me contengo más. Lo envuelvo de alguna manera, lo enredo en mis pensamientos pálidos y plumosos, como en un remolino de aire apenas perceptible. Y él vuelve la cabeza, súbitamente intranquilo, y su mente se detiene como en una indecisión. Estira y agita nervioso los dedos de una mano, imaginándose que este agobio repentino no es más que la fatiga mental producto de tantas y tantas nimiedades irresolubles que vuelven subrepticiamente a la carga. Se fija en esa idea. Recuerda caras y cosas desagradables de hace unas horas, levanta los ojos a las altas fachadas sucias, las luces de las farolas, la bruma biliosa del cielo.
Mientras pugna por no llevarse la mano a la frente trémula, nota que va subiendo la temperatura de su cuerpo y que empieza a sudar ligeramente, y a inquietarse por las miradas de la gente con la que se cruza, los insidiosos desconocidos de siempre. Ya no sabe qué pensar. No sabe que soy yo, que me tiene prácticamente encima, que no es la calle ni es él, ni ellos. Yo.
Y aquí vuelvo a preguntarme por qué precisamente esta calle. Por qué él, por qué yo; y quién soy, qué soy. Puesto que no soy como él, como ellos, y necesito saberlo. Que él me vea y me saque de dudas de una vez por todas, pues sólo él puede hacerlo, y al hacerlo, además (ignoro por qué lo sé), conocerá su mal. Algo me ocurrió en esta maldita calle...
Mas, ¡ay!, se me escapa, se escabulle entre la muchedumbre y el tráfico. Intento seguirle, pegarme a él. Pero no puedo, es inútil. Vivo en la nada, ¿no es eso?, y la nada no pesa, no se mueve. Quiero llamarle y no puedo. Lo único que consigo es que la tensión, el nudo de mi ¿garganta? se desate en pos de él. Pero no sale ningún sonido, no puedo gritar, y yo también me pierdo, ¿me esfumo?, y desconozco si aún continúo aquí o si es que ya he dejado de montar guardia simplemente.



*   *   *

Tengo presente lo sucedido hace unas horas solamente hasta el punto en que mi pensamiento se confunde, converge en la calle, se expande en ella como una mancha blanquecina. Ahora, la fastidiosa constancia de esas, al fin y al cabo, naderías, deja de representárseme como un conjunto ordenado de hechos, y éstos se me desenfocan, disgregándose, se agitan, se comprimen unos con otros, se enquistan en distintos sectores del cerebro, y de la boca, frágiles y caprichosos fragmentos de malestar negro e insípido, entre dientes y lengua, ensalivados. Después, ya asimilados de esta forma, cobran el sentido de la tensión anodina que me empuja al ritmo de mis pasos inconsistentes, de lo que mi mente ignora del propósito mediato de mis pasos, lo que no pudiendo decirse, se calla hacia adentro, lo que, no teniendo a quien comunicarse, se suple por un par de muecas raras al espejo.
Voy por la acera muy despacio, con una lentitud no deliberada, una lentitud de pasos iguales a sí mismos, pero no a otros pasos; pasos callados y repetidos, repetidos y blandos, inútiles, conscientes e inconscientes, imprimiendo a mi organismo un movimiento interno flojo y contenido, de fluidos y músculos desganados, algo reticentes. Pero no exactamente cansados, como si el no querer seguir adelante fuese algo verosímil, constituyese una posibilidad, un deseo hermoso, de huida, y pavoroso también, y, en cierta forma, fuese idéntico a las feas nubes que entreveo en el cielo, inmovilizadas y atroces porque así debe ser.
Me ha pasado tantas veces. Hoy vuelve a ocurrir.
Mis ojos preguntándome el secreto profundo de esta calle. Pudiera consistir precisamente en que carece de profundidad, en que la sensación de lejanía, el poder como evocador o insinuante de las diferentes perspectivas, ha sido vencido por una fuerza superior que viene a alimentarse de la dimensión espacial más débil, y que aglutina y desbarata las otras dos, oprimiéndome y como frenando mi avance.
Mis ojos tan abiertos percibiendo, no la distancia variada y continua, sino la amenaza de una simultaneidad confusa y aplastante de líneas y planos grises y borrosos, de luces turbias y caóticas, de amargas cenizas anaranjadas en lo alto. Y las señas de identidad del mundo, lo concreto, las placas con el nombre de las calles, lo que se exhibe en las vallas publicitarias y escaparates, los números de los autobuses, las matrículas y marcas de los automóviles discurriendo (circularmente, parece) por estas calles céntricas, no son más que etiquetas y denominaciones absurdas, azarosamente correspondientes a sus propias irrealidades. Y los transeúntes son yo y somos todos, aunque yo únicamente sea ya protagonista de estos pasos, que al fin lo son todo y los llenan a todos.
Así que el tiempo se ha detenido. Lo pienso, e instantáneamente se me antoja una ocurrencia fácil, manida. Pero mi tristeza es tan intensa que desecha enseguida esas nociones. Me encuentro tan solo en este instante que aceptar la existencia de lo ridículo o lo pretencioso entrañaría a su vez la existencia de otro mundo, demasiado ajeno y complicado como para decidirme a considerarlo ahora.
El tiempo se ha detenido, aunque algunos hayamos tenido que detenernos en el semáforo para que otros puedan cruzar a escasa distancia en sus automóviles, echando humo y haciendo sonar los claxons; aunque esa mujer de oscuro en la acera opuesta levante los ojos al cielo y luego me mire a mí como con inquietante reconocimiento; aunque note en el vientre la molestia del cinturón que no aflojaré.
Se ha paralizado la perspectiva de la calle a derecha e izquierda, y este instante tampoco se proyecta, carece de dirección (yo casi podría dar dos pasos atrás sin que se advirtiese), permanece clavado en el cenit de mi cabeza, plano y puntual e incuestionable, pesándome encima con la misma textura del silencio que se desprende de un reloj que acaba de pararse o de un corazón muerto.
Si el día que conozco quedase anulado en este preciso momento, quizá me sorprendiera a mí mismo en otro lugar, pensando cosas parecidas, olvidado del pasado y del futuro, lleno de angustia vacía y vacío de sueños. No recuerdo ayer quién iba a ser hoy, y hoy no sé que me espolee deseo alguno. Porque yo mismo soy esta extraña visión, este horror intestino que acorrala y que, si acaba, no dejará otro rastro visible que el no haber sido nunca gratuito, sino real y adecuado al mundo, como cualquier otra cosa: el barrizal que de pronto frena tu avance en el campo, cuando ya ha dejado de llover, y aún arrastras los pies un poco más, hasta pararte del todo, indeciso.
Esta calle, esta maldita calle. Hay algo, hay algo más en ella.
Esta noche dormiré fatal otra vez.




© José L. Fernández Arellano. Ed. Libertarias, 1994. ISBN. 84-7954-199-7

de TANATOGRAFÍA (2002)




       AGUA








Calor, moscas, polvo, hedor a fritanga y a aguas fecales. Bajo el sol abrasador del mediodía, una multitud sucia y harapienta pulula desorientada por las callejuelas de la ciudad. Pero qué es lo que va buscando. Se la ve medrosa, descompuesta, con la mirada perdida, va aterrada por la sequía, por la enfermedad, por la penuria de hogaño, por las miserias arrastradas de siglos atrás, desde siempre.
La última noticia ha corrido por la ciudad como un reguero de pólvora. La última, la más terrible, mas no por ello menos esperada. Los sombríos sacerdotes del Templo fatalmente han acertado con su negro oráculo. La ominosa profecía se ha cumplido: el gran río que abastece a la ciudad también ha caído enfermo. Sus turbias aguas pardas, ni aun hervidas, son ya de fiar. No queda, pues, esperanza alguna de salvación.
La chiquillería, sin embargo, como es propio de ella, se muestra ajena a todo. Su prodigiosa vitalidad se resiste a dejarse mermar por las calamidades.
Un grupo de arrapiezos acaba de hallar motivo de jolgorio junto a la fuente seca del mercadillo y, por entre la gente, se ha puesto a perseguir alegremente a un viejo pordiosero que arrastra su cojera a duras penas por el polvo. Lleva una pierna vendada hasta la rodilla, y por detrás le cuelgan mugrientas hilachas de algodón.
Los chicos no dejan de acosarlo, mofándose e insultándolo, suscitando ocasionales reconvenciones entre los vecinos y comerciantes. Mientras tanto, el viejo, mudo como una piedra, sin que la más mínima queja remueva las profundas arrugas de sus labios, procura espantarlos soltando blandos manotazos al aire.
En su trastabillante huida se ha internado por un callejón de altos muros de adobe, estrecho y desierto, que más bien parece un oscuro pasadizo. Los muchachos más osados le siguen en pos, pisándole los restos de la venda desprendida hasta hacerle dar un traspié y caer.
El mendigo, resignado, se yergue otra vez con gran trabajo, y sigue adelante medio arrastrándose. Da vuelta a una esquina, continúa derecho, da vuelta a otra, y se interna por un nuevo callejón en curva, aún más estrecho y tenebroso. Aquí la sombra se adensa tanto que incluso refresca.
Los chicos siguen pisándole los talones, y él, agobiado, probablemente en el límite de la paciencia, se detiene por último en mitad del callejón a encarar a sus torturadores. Al volverse, sin embargo, no hay en su rostro vestigio alguno de indignación o de furia. Al contrario, sus pedregosos rasgos lo que reflejan es un miedo profundo. “¡No me robéis! ¡No, no me robéis, por Dios!”, suplica lastimero, apoyando la espalda en el muro. Sus ojos se han llenado de lágrimas. “Tomad, tomad y, por el amor de Dios, marchaos en paz.”
Al decir esto, arroja unas piezas de cobre al suelo. Sus perseguidores se abalanzan por ellas, momento que él aprovecha para volverse a mirar nervioso a un lado y otro del callejón. Acto seguido, se deja caer de rodillas y, haciendo a un lado el trapajo que hace de cortina, se cuela como un gato por un pequeño hueco semicircular que se abre al pie del muro.
Los tres chicos famélicos que se han aventurado hasta aquí se miran entre sí con gesto interrogante. ¿Eh? Los ojos les brillan de fascinación al contemplar entre sus dedos las monedas que han recogido del polvo. Entonces, uno de ellos apunta en voz baja una sugestiva idea, y ahora los ojos les llamean de codicia.
No dudan un instante sobre lo que conviene hacer a continuación, y uno tras otro se deslizan tras el viejo.
Éste les aguarda en el interior de una lóbrega covacha de barro, de techo bajo, al parecer sin ventanas y apenas provista de mobiliario. Súbitamente transfigurado, con ágil y por tanto aterrador movimiento, les corta la retirada, interponiéndose entre ellos y esa única salida visible. Luego se sienta tranquilamente en el fresco suelo de tierra, frente a los tres, que se apretujan entre sí, llenos de temor.
El filo curvo de una pequeña daga reluce de pronto en la penumbra. Los ojillos del viejo no brillan menos cuando les lanza la más perversa de las sonrisas y, con ayuda de la daga, procede a arrancarse presuroso las sucias tiras del vendaje que le envuelve la pierna.
El olor nauseabundo que se desprende satura en pocos segundos el estrecho habitáculo. Los chiquillos gimen de asco y aturdimiento.
“¡Vamos, perros!”, gruñe el viejo entre dientes. “¡Sin perder un segundo! ¡Hay que lavar estas llagas!”



© J. L. Fernández Arellano, 92.849/28/04/00